La primera conversación de Periplo 2026 comenzó, en realidad, antes de que se abrieran las puertas de la programación de tarde. Por la mañana, Periplo Formación reunió a Javier Brandoli con jóvenes de distintos institutos en una charla pensada para compartir experiencias, plantear preguntas y abrir un espacio de diálogo. Fue la primera toma de contacto de esta edición con una generación a la que el Festival invita no solo a escuchar historias de otros lugares, sino también a cuestionar sus propias certezas.
Por la tarde, la jornada continuó siguiendo trece caminos. Los de quienes dejaron Senegal, Gambia, Guinea, Malí o Marruecos siendo menores y llegaron solos a Canarias; pero también los que continúan después de alcanzar tierra firme, entre nuevos vínculos, centros de acogida, expectativas familiares y la necesidad de encontrar un lugar propio.
José Naranjo y Juan Luis Rod inauguraron en la Sala Lido de Lago Martiánez la exposición Travesías. Menores migrantes, el largo viaje, antes de presentar el fotolibro del proyecto en conversación con Ebbaba Hameida.
Este trabajo expositivo y editorial obligó a sus autores a desplazarse entre África, Canarias y la España continental, y a decidir cómo acercarse a vidas atravesadas por la distancia y por experiencias que no siempre son fáciles de contar. «Cuando estamos hablando de niños y familias separadas por una enorme distancia, los periodistas debemos tener una especial sensibilidad y cuidado para no desestabilizar a las personas», explicó Naranjo.
Esa mirada llevó al proyecto a apartarse deliberadamente de las cifras y de buena parte del ruido que acompaña al debate sobre la migración. Naranjo y Rod visitaron trece centros de menores y encontraron realidades muy diferentes: algunos funcionaban bien, otros eran mejorables y otros, señalaron, resultaban claramente deficientes. Pero el objetivo de Travesías estaba en otro lugar: centrarse en las historias de los y las menores.
También en aquello que sucede cuando termina la tutela institucional. Dentro de los centros, explicaron, necesidades culturales como disponer de espacios para el rezo están bastante normalizadas. Fuera aparece una tensión más difícil de resolver: la de adolescentes que quieren encajar en el grupo y en la sociedad en la que están comenzando a vivir sin perder sus raíces ni «el cordón umbilical con la familia» que continúa al otro lado del mar.
Más tarde volvió a intervenir Javier Brandoli, trasladando la conversación desde esos itinerarios concretos hacia una pregunta acumulada durante años de corresponsalía y más de noventa países: cuánto nos diferenciamos realmente unos de otros.
En Carbonara con nata, presentado junto a Leo Santisteban, Brandoli convirtió sus viajes en una forma de desconfiar de algunas certezas. Confesó que comenzó esperando encontrar cosas extraordinariamente distintas y que, con el tiempo, la conclusión fue casi la contraria: «las personas nos parecemos mucho en todas partes». Cambian los contextos, las costumbres o las condiciones de vida, pero permanecen pulsiones reconocibles en el amor, los miedos, los afectos y las emociones.
De ahí también una idea que recorrió buena parte de su conversación: frente al desastre, «la normalidad es suficiente heroicidad». Brandoli defendió una mirada menos interesada en grandes gestos y más atenta a aquello que sucede alrededor. «Hay mucha más gente buena que mala en el mundo», afirmó. Cambiarlo entero puede resultar imposible; ser más atento, empático y amable con las diez personas con las que más convivimos, no. «Eso ya es cambiar un poco el mundo».
El título del libro terminó ofreciendo la metáfora para explicar esa manera de observar. La carbonara, recordó, ni siquiera cuenta con una única receta oficial. La «carbonara con nata» funciona así como un símil de un mundo imposible de reducir a una sola interpretación: miles de realidades, versiones y formas de verlo que hay que reunir sin pretender que una sea la única auténtica.
La jornada terminó cambiando de escala una vez más. De las relaciones entre personas a las relaciones con el poder. Jorge Volpi presentó La República junto a Eduardo García Rojas, una novela que imagina unos Estados Unidos de finales de 2026 en los que la inteligencia artificial –y el entorno que la impulsa– comienza a escalar a la cúspide de una nueva organización sociopolítica.
Volpi recurrió a Shakespeare para explicar uno de los mecanismos de su novela. En Macbeth, las brujas anticipan el ascenso del protagonista y esa capacidad para predecir les otorga poder. En La República, ese lugar pertenece a la inteligencia artificial: analiza, anticipa y termina decidiendo bajo el espejismo de que puede hacerlo mejor que los seres humanos.
«La IA me parece una herramienta prodigiosa y al tiempo se está usando para socavar la democracia», advirtió el escritor mexicano, que situó buena parte del problema no solo en lo que la tecnología es capaz de hacer, sino en quién decide cómo se desarrolla. Hoy podemos conversar con una IA de una manera que hasta hace muy poco pertenecía a la ciencia ficción y, sin embargo, señaló, apenas estamos comenzando a comprender qué significa su entrada en nuestra vida cotidiana. Mientras tanto, muchas de las decisiones que condicionarán ese futuro están concentradas en un grupo muy reducido de personas y empresas tecnológicas en Estados Unidos y China.
Frente a las visiones que presentan la inteligencia artificial indistintamente como salvación o catástrofe, Volpi propuso observar con mayor atención cómo se está utilizando y quién asume la responsabilidad de sus resultados. Puso como ejemplo el ámbito científico, donde algunas publicaciones ya permiten herramientas de IA bajo dos condiciones esenciales: declarar de manera transparente su utilización y mantener la responsabilidad humana sobre lo publicado.
Él, al menos en literatura, tiene clara su posición personal. «He escrito unos 25 libros. No creo que escriba nunca un libro con inteligencia artificial porque disfruto haciéndolo yo».
La primera tarde de Periplo dejó así tres aproximaciones a una misma cuestión: cómo comprender realidades complejas sin reducirlas a una única versión. Trece jóvenes cuya historia no cabe en un acrónimo; un viajero que después de recorrer buena parte del mundo encuentra más semejanzas que diferencias; y una novela que pregunta qué ocurre cuando confiamos a una máquina la tarea de interpretar esa complejidad por nosotros.
Periplo acaba de empezar.


