Publicado el 21 Oct, 2026
De vivencias y memorias que no se dejan borrar
Recuerdos que vuelven para convertirse en ficción, vidas que merecen ser conocidas e historias rescatadas del olvido atravesaron la segunda jornada de Periplo 2026.

La segunda jornada de Periplo 2026 reunió historias que, por distintos caminos, se resisten a desaparecer: recuerdos personales convertidos en ficción, una vida fijada sobre el papel para ser conocida, episodios históricos recuperados y una memoria familiar atravesada por generaciones de violencia y desarraigo.

La jornada comenzó por la mañana con Periplo Formación y Margaryta Yakovenko frente a alumnado de Bachillerato. La escritora propuso un encuentro construido desde la participación, con dinámicas que abrieron la conversación y las preguntas del grupo. Entre ellas apareció una idea que anticiparía, sin saberlo, buena parte de lo que sucedería durante el resto del día: la necesidad de contar la propia historia antes de que sean otros quienes la expliquen por nosotros.

Yakovenko habló de la escritura como un impulso para validar su propio relato, para no permitir que otras voces decidan quién es o qué políticas deben aplicarse sobre su vida. A los jóvenes les trasladó también una invitación a confiar en su capacidad para decidir y construir un mundo que los tenga en cuenta.

Ya por la tarde, Alejandro de Ara fue el encargado de estrenar la carpa Sotavento junto a Eduardo García Rojas. Cinco horrores de verano a los 23 llevó la conversación hacia otra manera de conservar aquello que parecía haber quedado atrás.

Su novela se alimenta de encuentros, paisajes e historias vividas por el autor que permanecieron en algún lugar de su memoria hasta regresar reclamando espacio en la escritura. De Ara repasó los orígenes de la obra y los pormenores de convertir esos materiales próximos en ficción, desplazándolos hacia Legranza, una isla imaginaria construida con fragmentos reconocibles de su propio territorio.

Hay recuerdos que no regresan con precisión documental. Vuelven transformados, mezclados con otros, alterados por el tiempo. La literatura permite entonces trabajar con ellos sin necesidad de devolverlos exactamente al lugar del que proceden.

De esa memoria íntima, Periplo pasó a una historia cuyo deseo de permanecer tiene una dimensión diferente.

Loreto Gutiérrez Prats presentó Olas como montañas, el relato de Gibbi Jallow, que llegó a El Hierro en cayuco y, semanas después, sufrió en una playa el accidente que le provocó una tetraplejia.

El libro fija sobre el papel una vida que fácilmente podría haber quedado reducida a dos noticias breves: la llegada de un menor migrante a Canarias y un accidente en zona costera. Gutiérrez Prats se detiene precisamente en todo lo que existe entre ambos titulares y después de ellos, en cada detalle que ha transformado varias vidas.

Gibbi convive con dolores que la medicación no siempre consigue aliviar. Los opiáceos tienen un límite y algunos días el sufrimiento parece no tenerlo. La conversación con la autora permitió conocer también a un adolescente especialmente atento a lo que ocurre fuera de su habitación. No utiliza la tableta únicamente como entretenimiento: navega, lee noticias y sigue la actualidad internacional con una atención que, señaló Gutiérrez Prats, supera a la de muchos adultos europeos.

Desde esa madurez ha expresado crudamente que, cuando cumpla dieciocho años, será él quien decida sobre su propia vida.

En su historia aparece también Calixto, el trabajador social que lleva años acompañándolo. Lo que comenzó como una relación profesional ha crecido hasta convertirse en un vínculo personal: lo visita diariamente y ha iniciado un proceso de adopción.

Olas como montañas tampoco parece dispuesto a terminar en sus páginas. El proyecto, financiado por el Gobierno de Canarias y sin ánimo de lucro —lo recaudado se destina íntegramente a la familia de Gibbi—, estudia ahora nuevas formas de continuar esa historia. Entre ellas, una novela gráfica acompañada de cuadernos pedagógicos para centros educativos y una posible película de animación.

Contar a Gibbi es, de alguna manera, impedir que su historia desaparezca después de que la actualidad haya seguido su camino.

La siguiente conversación llevó esa misma pregunta hacia la historia colectiva.

José Ignacio Carnero llegó a Periplo con Los fabuladores, una novela nacida de un episodio que durante décadas quedó sepultado entre versiones incompletas, exageraciones y olvidos: el secuestro en 1961 de un transatlántico por un grupo de exiliados españoles y portugueses que pretendían llamar la atención internacional sobre las dictaduras de Franco y Salazar.

Carnero repasó cómo un acontecimiento que tuvo una repercusión considerable terminó ocupando un espacio mucho menor del que cabría esperar en la memoria histórica. El poder, la distancia temporal y las distintas fabulaciones construidas alrededor del episodio fueron enterrando o transformando de lo sucedido. Su investigación le ayudó a aclarar la historia y la literatura le permitió expresarla con empatía y sensibilidad.

Antes del turno de preguntas del público, el escritor eligió leer una escena en la que las divisiones de clase habituales parecen suspenderse a bordo del barco. Personas de distintas nacionalidades y posiciones sociales quedan reunidas, unidas, mezcladas, en un panorama de incertidumbre, asombro y quizá complacencia. Por un momento desaparecen las categorías y permanece simplemente un grupo de personas intentando comprender qué está sucediendo.

La última conversación del día llevó la memoria todavía más lejos: hasta aquello que recibimos de quienes vivieron antes que nosotros.

Margaryta Yakovenko regresó a Periplo, esta vez acompañada por Nicolás Castellano, para presentar Ocupación. Si por la mañana había hablado de la necesidad de construir un discurso propio, por la tarde explicó de dónde procede una parte esencial del suyo.

El libro nace como una promesa a su abuelo y de la sensación de cargar con una historia traumática que necesitaba ser contada. Una obra que, describió Castellano, «pasa íntegramente por el corazón».

En esa historia aparecen varias generaciones atravesadas por distintos episodios de violencia. Yakovenko recordó cómo, durante la hambruna soviética, una hermana de su abuela recogió siendo niña tres espigas de trigo de un campo. Cuando la policía llegó a su casa, su padre asumió la responsabilidad para protegerla. Fue condenado a diez años de trabajos forzosos en Siberia. Nunca regresó.

Mucho tiempo después, en nuestros días, otra guerra ha entrado en la familia. Su abuela tuvo que huir de Mariupol tras la invasión rusa. Cuando pudo regresar encontró su vivienda saqueada y utilizada por francotiradores. Pese a tener familiares fuera y la posibilidad de abandonar la ciudad, ha decidido quedarse. «Su sentimiento de pertenencia es tan grande que ni una guerra la expulsa», contó Yakovenko.

Escribir Ocupación significó también trabajar contra la inmediatez de sus propias emociones. Durante semanas, la autora desconocía si algunos de sus familiares habían sido bombardeados o tiroteados. La falta de comunicación y la incertidumbre la empujaban hacia un «revanchismo» del que quería alejarse para poder escribir. La memoria, en este caso, exige conservar lo ocurrido sin permitir que el dolor decida por completo cómo contarlo.

Nicolás Castellano cerró el encuentro preguntándole por el presente de la guerra. Yakovenko reconoció no ser optimista. Habló de un conflicto que percibe ya cronificado y del peligro que acompaña a esa duración: que la guerra se normalice, desaparezca progresivamente de la conversación pública y termine formando parte del paisaje.

Precisamente contra esa desaparición pareció presentarse toda la segunda jornada de Periplo. Recordar no significa conservar intacto el pasado. A veces es volver a él, interrogarlo y encontrarle una forma que nos permita seguir construyendo el presente.

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