Publicado el 22 Oct, 2026
Sobre cómo el presente nos desplaza
La tercera jornada de Periplo recorrió distintas formas de desplazamiento: perder las raíces, huir de la violencia o buscar un lugar donde poder seguir siendo uno mismo.

La tercera jornada de Periplo 2026 reunió tres historias atravesadas por una misma sensación: la de un presente que empuja, separa y obliga a buscar otro lugar. Óscar Liam volvió a la memoria de su abuela para recuperar un mundo que se desvanece; Capucine Trochet encontró en el mar una salida frente a la violencia de tierra firme; y Ramtin Zigorat tuvo que abandonar su país para poder conservar la vida y vivir su identidad.

A las seis de la tarde, Óscar Liam Torres Rogan abrió la jornada con Las Galletas, un relato nacido de las conversaciones con su abuela y de la necesidad de mirar hacia atrás para entender cuánto ha cambiado el lugar del que procede.

En diálogo con Leo Santisteban, el periodista y escritor recorrió la transformación de este pueblo del sur de Tenerife a través de historias familiares atravesadas por la pobreza, la migración interna, el trabajo en las tomateras y una forma de vida que hoy apenas permanece. «A través de la oralidad, que forma parte de la identidad de Canarias, se transmite un conocimiento ancestral y, si no fuera por ella, muchas historias se quedarían en el camino», explicó.

En su caso, el desplazamiento no trae implícito abandonar físicamente un lugar. Puede ocurrir también cuando el territorio cambia alrededor de quien lo habita hasta volverse difícil de reconocer. Liam regresa así a las historias de su abuela no desde la nostalgia, sino desde la conciencia de que el presente ha tomado una deriva que su generación no ha elegido por completo. En aquellos relatos encuentra formas de relación, conocimientos y maneras de vivir que le resultan valiosas y que corren el riesgo de desaparecer si nadie las cuenta. Escribir el libro responde también a esa voluntad de conservar. El autor habló de «saldar una deuda con mi abuela y con todas las abuelas de Canarias que han pasado tantas penurias». La literatura se torna una forma de volver y de evitar que el presente lo borre del todo.

La siguiente conversación llevó el desplazamiento hasta el mar. Capucine Trochet pasó tres años en un hospital esperando un diagnóstico para unos problemas físicos que acabaron teniendo nombre: síndrome de Ehlers-Danlos, una enfermedad rara e incurable que provoca dolores continuos y limita profundamente su movilidad. Después llegó a su vida Tara Tari, un pequeño velero sin motor, construido parcialmente con yute y resinas, de escaso calado y frágil, pero que le permite navegar muy cerca del agua, como si fuera parte del mar. Trochet habla con él, ríe, llora y se confiesa como si se tratara de un compañero de viaje.

Cuando decidió embarcarse, escuchó todo tipo de advertencias. Le dijeron que estaba loca, que no sabía lo que hacía, que aquel proyecto era inviable para alguien con su enfermedad. También recibió consejos que poco tenían que ver con navegar: «búscate una vida con un marido». Pero se fue al mar. No como quien emprende una conquista, sino casi como quien busca otro lugar desde el que poder vivir.

Trochet relató un viaje hecho tanto de movimiento como de espera. Intentó cruzar el cabo de Gata seis veces y seis veces el viento se lo impidió. En Lanzarote encontró otra interrupción. Las corrientes no eran favorables y quienes conocían el lugar le advirtieron de que tendría que esperar. Ella, con la calma nacida del padecimiento, esperó ocho meses. Durante ese tiempo conoció a la gente del lugar, recorrió el paisaje, se impregnó de la fuerza volcánica de la isla y aprendió a esperar hasta que el mar volviera a abrirle camino.

Esa calma también es la manera en que habla de su enfermedad y de la navegación. Trochet ha aprendido a separar el dolor del miedo, las sensaciones físicas de las emociones, y a concentrarse para atravesar una tempestad sin dejarse desbordar. Incluso, contó, para contemplar la belleza del horizonte sin que esa emoción la desarme.

«La violencia del mar es más fácil de vivir y atravesar que la violencia que se vive en tierra», afirmó. «Lo malo grita mucho y lo bueno habla con una voz muy bajita. Creo que debemos saber escucharla». En su caso, el presente también desplaza. La enfermedad limita el cuerpo; la violencia de tierra firme la aleja; las expectativas ajenas intentan decidir qué vida debería llevar. Y ella encuentra su diálogo en otro lugar. «El mar es mi lugar y mi hogar», concluye.

Si Trochet se desplaza para encontrar calma, Ramtin Zigorat tuvo que hacerlo para seguir vivo.

Acompañado por Ebbaba Hameida, relató una infancia feliz en Irán, vinculada a la lectura, la escritura, el dibujo y los campos de frutales. Pero también el momento en que aquella vida comenzó a quebrarse. Cuando todavía era un niño, un profesor descubrió que le gustaban los chicos y, sin autorización de su familia, lo envió a tratamiento psiquiátrico. Allí recibió una medicación tan fuerte que su madre llegó a pensar que consumía drogas antes de descubrir lo que estaba ocurriendo.

Con el tiempo, la violencia se hizo más explícita. En su propia familia comenzó a experimentar rechazo por ser gay. Su padre dejó de querer comer con él o compartir viajes familiares. A los diecinueve años sufrió una agresión sexual y se encontró atrapado en una situación donde pedir ayuda podía significar ponerse todavía más en peligro. «Me sentí muy solo porque no podía pedir ayuda a la policía, ni a mi familia ni a nadie. Me sentí muerto», recordó.

Y llegó un tiempo más duro aún: persecución, cárcel, torturas físicas y psicológicas y una condena a muerte. Zigorat explicó cómo fue obligado a presenciar otras ejecuciones, cómo perdió casi todos sus dientes por los golpes, y cómo, en un momento determinado, salió de prisión sin comprender por qué el proceso contra él había cambiado. Su historia terminó empujándolo fuera de Irán.

En este punto de la historia, Ebbaba Hameida le preguntó qué sintió al entrar en un país donde sabía que podía expresar su homosexualidad sin miedo a ser detenido. La respuesta reveló hasta qué punto el desplazamiento continúa incluso después de cruzar una frontera. El cuerpo había llegado a otro país, pero el miedo todavía permanecía en el anterior. Necesitó alrededor de siete meses para acostumbrarse a la libertad. Siete meses para asumir que podía besar a otro hombre o expresar quién era incluso delante de agentes de policía sin que aquello terminara en una detención.

Desde esa experiencia, Zigorat habló también del presente de Irán y cuestionó el papel que desempeñan los intereses económicos y geopolíticos en sociedades donde quienes terminan pagando las consecuencias son las personas. «Los seres humanos hemos vuelto a ser arma y herramienta para el poder», resumió.

El desplazamiento como respuesta a veces consiste en recordar. Otras, en partir. Y otras, simplemente, en encontrar un lugar donde poder seguir siendo.

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