Publicado el 24 Oct, 2026
Todo lo que nos acerca, todo lo que nos separa
Agua, selvas, viajes y sabores atravesaron una jornada que preguntó por nuestra manera de relacionarnos: con la naturaleza, con otras culturas y con quienes tenemos al lado.

La jornada del jueves de Periplo 2026 recorrió el río Níger, se internó en algunas de las selvas más remotas del planeta y terminó sentándose alrededor de una mesa. Tres escenarios muy distintos para hablar de aquello que permite el encuentro y también de las decisiones, prejuicios y formas de vida que terminan alejándonos unos de otros.

Antoinette Tidjani abrió las conversaciones de la tarde acompañada por José Naranjo para presentar Ciudades de polvo, una novela que, como recordó el periodista al comenzar el encuentro, según su autora «está tejida con agua, no con tierra». El agua no aparece únicamente como paisaje. En Níger, explicó Tidjani, concentra buena parte de la actividad humana y de las oportunidades. El río Níger atraviesa alrededor de quinientos kilómetros del país y alimenta comunidades, cultivos y formas de vida. Seguir su curso permite también observar las relaciones que se establecen a su alrededor.

Desde la historia de su novela, la conversación fue ampliándose hacia el pasado, el presente y el futuro; hacia la explotación, las desigualdades y las decisiones que cada persona toma para relacionarse con la realidad que le ha tocado vivir. Tidjani contrapuso en varios momentos la capacidad de iniciativa individual con el papel que hemos delegado en los Estados, encargados de proporcionar muchos de los servicios sobre los que se sostiene nuestra vida cotidiana. Y su reflexión terminó apuntando a una división mucho más antigua: «los que dominan y los que son dominados».

La temática migratoria permitió llevar esa idea hasta las relaciones entre Europa y África. Preguntada por Naranjo, la autora cuestionó un sistema que durante siglos permitió a los europeos desplazarse por el mundo con intereses muy diferentes —también para explotar sus recursos— y que ahora establece mecanismos para decidir quién puede realizar el recorrido inverso.

En esa distancia entre las promesas y sus consecuencias apareció también la tecnología. Tidjani utilizó la agricultura industrial como ejemplo. Durante décadas, señaló, se presentó ese desarrollo tecnológico como una herramienta capaz de acabar con el hambre. Sin embargo, esta promesa ha derivado en un reducido grupo de grandes empresas que consigue intervenir sobre aspectos esenciales de aquello que cultivamos: si un fruto tendrá semillas, cuánto deberá endulzarse o dictando el aspecto correcto para el consumo en ell mercado. Mientras, el hambre sigue presente en el mundo de forma descarnada e injusta.

Algo parecido observa en las tecnologías de comunicación. Nunca había resultado tan sencillo contactar con alguien situado a miles de kilómetros. Un solo clic promete eliminar la distancia y, sin embargo, esa capacidad convive con sociedades cada vez más enfrentadas y con vínculos que parecen debilitarse.

Podemos comunicarnos más que nunca y eso no significa necesariamente que sepamos encontrarnos.

La siguiente conversación se adentró en territorios donde las reglas son otras. Josep Maria Palau Riberaygua llevó a Periplo a algunas de las grandes selvas del planeta y comenzó deshaciendo una aparente contradicción: un desierto y una selva no son necesariamente lugares opuestos. Son, planteó, dos formas distintas de territorio extremo, espacios capaces de reducir la presencia humana y obligarnos a modificar nuestras certezas.

Palau habló de encuentros entre civilizaciones y distinguió entre aquellos que desean ese contacto y quienes prefieren mantenerse al margen. Acercarse, defendió, solo tiene sentido desde el respeto y permitiendo que cada comunidad avance según sus propios ritmos y decisiones, no siguiendo aquello que desde fuera se considere adecuado. «Nuestra civilización a veces es un problema más que una solución», resumió.

Frente a la voluntad de intervenir aparece entonces otra posibilidad: detenerse. Palau reivindicó la calma y la pausa como partes fundamentales del viaje. No atravesar un territorio únicamente para llegar al siguiente punto, sino permanecer el tiempo suficiente para observarlo y permitir que algo de él altere nuestra manera de mirar. La selva recompensa esa espera con realidades que parecen inventadas. Habló de ríos voladores, enormes corrientes de humedad que se desplazan por la atmósfera; de árboles capaces de modificar lentamente sus raíces buscando mejores condiciones de luz; o de aves que conservan características que parecen llegadas de otro tiempo. En la selva, el asombro no procede de imponer una interpretación sobre el paisaje, sino de aceptar que existen mecanismos que funcionan sin nuestra intervención y realidades que difícilmente habríamos podido imaginar antes de encontrarlas.

Después del agua de Tidjani y de la espesura de Palau, la jornada terminó en uno de los lugares donde las culturas llevan siglos encontrándose: la mesa.

Salah Jamal convirtió su conversación en un recorrido por la gastronomía y la historia árabes en el que el humor sirvió también para desmontar algunos lugares comunes. Comenzó por uno de ellos: la comida árabe no tiene por qué picar. Lo que tiene, explicó, es una presencia intensa de aromas. Cordero, aceite, mantequilla árabe, yogur y una enorme variedad de especias forman parte de muchos de sus platos, aunque hablar de una única gastronomía árabe resulta inevitablemente insuficiente para abarcar un territorio tan amplio y diverso.

También cayó otro mito especialmente resistente: eructar después de comer no constituye una muestra generalizada de agradecimiento al anfitrión. Jamal desmontó la imagen entre risas y recordó que existen lugares del mundo árabe donde la reacción ante un eructo es la frase «que te parta un rayo».

Entre recetas, anécdotas y contexto histórico, la alimentación permitió viajar también muchos siglos atrás. Jamal recordó enseñanzas atribuidas a Mahoma que ya planteaban la importancia de la moderación: dividir simbólicamente el estómago en tres partes, una para el alimento, otra para el líquido y una última que debe permanecer libre. Una manera antigua de formular un consejo todavía reconocible: no comer hasta llenarse. A ello sumó otra recomendación tradicional: moderar el consumo de «las tres cosas blancas»: sal, azúcar y harina.

Pero la gastronomía terminó siendo mucho más que una relación de ingredientes o costumbres. Durante toda la intervención, Jamal fue cruzando alimentación, historia y convivencia para mostrar cómo alrededor de la comida circulan también palabras, conocimientos, prejuicios, mezclas y préstamos entre culturas que llevan siglos encontrándose.

La jornada había comenzado siguiendo un río en el que confluyen muchas poblaciones y terminó proponiendo una mesa como lugar para compartir historias.

Quizá estar conectados sea sencillo. Encontrarnos exige algo más.

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