Allí detrás
por María Castañeda Rudersdorf

Volver es un verbo que está a un sólo paso de revolver y a un paso y una tilde de revólver. Así siento yo los regresos, como un disparo que se abre paso en la serenidad y revuelve los sentimientos que salpicaron el pasado.

Hoy, he vuelto a mis piedras y mis charcos. Míos, mi propiedad. Los adquirí con el tributo de raspones en las rodillas y picos de erizo en la planta de los pies. Me convertí, por autodeterminación, en propietaria de un bajío con apenas ocho años.

Esta tarde decidí reclamar mi territorio, mi reino. Al hundir los pies en el charco de la Princesa, sonaron en mis oídos risas de niños desdentados. En un instante, mi mente se llenó de vasos de plástico cerveceros con crías de cabosos distraídos. A mi pecho regresó esa sensación plena de libertad infantil.

Volví a ser la niña de la coleta tensa y el bañador florido que cruzaba los charcos descalza y confiada. La que pasaba horas y horas entre rocas sin más supervisión que la mirada de toda una playa que sabía “de quién eras”. Margullé en el Laguito y a tientas me reencontré con ese socavón que esperaba oculto para servirme de escalón. Al oído volvieron las voces de las señoras que cantaban bingo mientras Lali pulpeaba en la punta.

Cuando mi hijo me pidió dejar la comodidad de la toalla y darnos un baño “allí detrás”, no imaginó que me había regalado un billete para un viaje al pasado. Creo que tampoco sabe que reclamé en silencio mi bajío y que un día, con suerte, él lo sentirá suyo.