Cuando regresó, los seguidores ya no estaban
por Rubén Sánchez Janssen

Había erigido una vida a base de conquistas. Cada pared escalada, cada rápido descendido y cada crevasse sorteado conjuraban espónsores y audiencia por igual. Durante años vivió como si la autenticidad y el éxito emanaran solo del riesgo, con la convicción de que entre simas y cimas hallaría esa revelación que, sin embargo, se le negaba. Cada triunfo resultaba luego inevitable, posproducido, artificial.

Una primavera, simplemente se desvaneció. Por delante, una larga y tortuosa senda entre valles solitarios y cumbres barridas por el viento. Sin asistencia, sin actualizaciones, sin cobertura. La primera semana libró una batalla contra los automatismos digitales pero, gradualmente, el ruido se disipó. Los amaneceres y atardeceres se sucedían, y su atención se trasladó de su dolorido cuerpo a lo que le rodeaba. No lo grandioso del paisaje, sino los detalles mundanos que hasta entonces había pasado enteramente por alto. Una silueta escurridiza sobre la roca. Las infinitas formas del agua en su serpenteo hacia el mar. En algún lugar del camino su mente dejó de narrar y el movimiento se convirtió en un reflejo tan involuntario como su propia respiración.

Cuando, en los albores del invierno, a lo salvaje le sucedió la civilización, se dio de bruces con un mundo que parecía haberse detenido: las mismas noticias y conflictos, las nimias urgencias cotidianas. Con esfuerzo, y tras muchas dudas, encendió el teléfono. Los seguidores habían seguido de largo. El caudal de mensajes se había detenido. Un breve escalofrío recorrió su espalda y, después, nada. Publicó una última imagen—un tímido amanecer en un páramo desolado—y eliminó la aplicación. No con enfado o tristeza, sino como un acto de clausura. En el vacío dejado por las notificaciones comenzaba a germinar la semilla algo nuevo.