Saca el hilo, lo parte; humedece un extremo y lo enhebra con dedos ágiles y mandíbula apretada.
Eligió emocionada lo indispensable para confeccionar los huipiles: el ovillo, los retales y la paz.
Con las primeras puntadas del futuro vínculo silencioso de colores mostaza, surgen los pensamientos: los obsesivos y los otros. «¿Estará bien?»
La ruidosa cadencia del tren de vuelta hasta Oaxaca empieza a relajar sus pensamientos.
Las vivencias de estos días junto a este hijo «que hace todo siempre tan especial —dijo casi en voz alta», han matizado sus sentimientos: no es compasión ni pena. Esas mismas experiencias han revertido sus valores: no es empatía ni solidaridad. Al fin llegó a comprender que no tenía que opinar, era su vida. Solo se trataba de acompañar las decisiones de su felicidad.
Admirando la planicie logró ensanchar su mirada; compartir los días en la comunidad muxe, el corazón. Cuanto más profundizaba en el conocimiento de este pueblo y su historia, entendía mejor la decisión de Leo de vivir aquí. «¿Estará bien? —Claro, los dioses zapotecos lo protegerán». El pensamiento la hizo sonreír. «No cambiaré el nombre que elegiste hace treinta dos años para mí, quiero seguir siendo Leo».
Si se arrepiente, siempre podrá tirar de las hebras y deshacer el camino; siempre podrá recorrer de vuelta el laberinto de las grandes lagunas geográficas y emocionales. «Sintiendo los latidos de tu emoción, sé que estarás bien… Si te arrepientes, mi querido hijo, vuelve a las manos que te vieron soñar un hogar propio: a ti y a los bordados coloridos que te acogerán como mujer».