Te lo voy a contar a ti que no me conoces. Porque este encuentro es fruto de la casualidad y en un rato lo olvidarás y seguirás con tu vida y con tu viaje.
A veces siento que yo no soy yo, soy otra. Lo siento porque los demás lo sienten. Soy vista como una aparición. Hago que los cerebros se quiebren por un instante, desato un espejismo, percibo como sus ojos creen que están ante un imposible.
Y eso que yo en el espejo me reconozco. Me miro y siento que mis ojos son sólo míos, chiquitos y marrones. Me miro las bembas, gruesas, como siempre. Los pómulos cada vez más marcados. Las cejas un poco salvajes, pero también mías, son mis cejas. Antes de salir de casa siento que yo soy yo.
Pero es salir a la calle y convertirme en una aparición. Mujeres y hombres de entre 50 y 80 años se paran ante mí y murmuran: no puede ser.
En el súper, en los parques, en las cafeterías… La escena se repite, yo ya no soy yo. Creo que piensan que ella ha viajado al pasado. Quizás creen que ha detenido al tiempo, que ha vencido a la edad y al bótox, que se ha congelado.
Y yo respondo: no, no soy ella.
Conscientemente sé que no soy ella. Mis ojos son míos, mis labios son míos, mis pómulos son míos. Lo mío es mío, único, distinto.
Aunque te tengo que confesar que una vez la saludé y me saludé. Mientras la abanaba de lejos me di cuenta que no era mi madre, era yo en el reflejo de un escaparate de la calle Valois.