Súbito regreso
por Miguel García Hernández

Durante toda la mañana el teléfono no ha parado de sonar. Llevas más de una hora de retraso y se acumulan las quejas y visitas fuera de hora. Desde hace un rato parece que lleves puesto un casco que, por varias tallas, te queda pequeño. Además, notas nuevamente esa presión en un remoto punto entre el pecho y la espalda. Alguien, o algo, te debe estar pisando justo ahí con una pesada bota militar.

Vas al baño, a unos escasos metros de tu despacho, donde aún se puede oír el ruido. Tomas un poco del agua del chorro. El trago, tibio y espumoso, contiene cierto sabor metálico que, con el paso de los segundos, se va disipando. En su lugar aparece un nuevo sabor nítido y puro. El agua se vuelve muy fría, tan fría que te duelen los dientes. Ese sabor ya lo había probado antes.

Alzas la vista y contemplas al fondo colinas verdes y marrones, surcadas por ríos y lagos de distintos tonos azules. En ellas, saltan los divertidos guanacos y atisbas al fondo algún detalle pardo o amarillo que identifiquen al mítico puma. Te sorprende como, después de unos pocos días, hayas sido capaz de diferenciar la nieve, con su blanco nuclear, de los glaciares que coronan las cimas de las montañas, con esos tonos azulados que distinguen las capas de hielo milenario. Al fondo, tres torres de mármol completan el paisaje.De pronto, un seísmo en tu muñeca te devuelve de la ensoñación: Enhorabuena. Esa tienda a la que diste tu correo para evitar pagar el parking, está de rebajas.

Es la señal. Vuelve al trabajo.