En el salón de debajo de casa de mi abuela apareció una maleta. Bueno, mi padre me dijo que era una maleta, pero no tenía el aspecto de una. Con tremendo tamaño y peso, parecía más bien un baúl, un arcón, una trinchera, la cueva de Alí Babá.
– Que sí, que es una maleta–, insistió mi padre. –Es la maleta con la que tu abuela emigró a Cuba.
Exacto, la cueva de Alí Babá.
¿Cómo que Cuba? ¿Y cómo es que era la primera vez que yo oía hablar de eso? Me harté de preguntar, pero la respuesta era que mi abuela nunca había querido hablar del tema.
– Pero, ¡chacho, pa! ¿qué le pasó en Cuba?
Creo que ni él lo sabía. Pero yo quería saber, saberlo todo, como cuando era un fisco chico que todo lo regolisneaba. Tuve que fingir que no me interesaba, hasta que conseguí volver solo. La abrí, y aquello estaba a reventar. Cartas, fotos de gente desconocida, telas y pañuelos, un sombrero aplastado, allí había de todo. Pero cartas, lo que más. Tras no sé ni cuantas horas, sólo pude concluir que, de repente, mi abuela se me antojaba una desconocida.
Bailé, un poco, entre la pena y la incomprensión. Yo pensaba que mi abuela no había salido de la isla jamás, ¡si ni siquiera sabía nadar! Pero allí había pruebas de toneladas de letras, escritas a lo largo de décadas, entre mi abuela y una amiga suya. Una mujer llamada Marisa escribía a mi abuela desde Cuba, contando historias y anécdotas, narrando su vida, contestando a las supuestas preguntas que mi abuela le hacía en sus misivas, y a menudo, rememorando el tiempo que pasaron juntas allá, todo regado de muchísimo afecto y aprecio.
Y eso es la otra cosa que me descolocaba, la persona a la que aquella mujer se dirigía no parecía ser mi abuela. Mi abuela no había sido cariñosa nunca en la vida. Yo ya hacía tiempo que había entendido que transmitía su amor con actos: la comida casera a la que echaba horas y horas cada día, la casa siempre cuidada y limpia, fijarse en que yo tuviera las ligas de los zapatos amarradas, tenerme siempre en la despensa un dulce guardado. ¡Si es que sufría si no tenía con qué engolosinarme cuando iba a verla! Pero las expresiones o las palabras espontáneas de cariño nunca fueron sus maneras, y para qué negarlo, tampoco las mías.
Yo aquello no lo entendía. Yo tenía que saber. Y no me lo quitaba de la cabeza. Cerré la maleta de madrugada, pero en mi cabeza no se cerró nada. Al revés, se abrió el ansia que me había tenido como culo inquieto desde siempre, saltando por la vida sin encontrar dónde echar raíz.
No tardé en comprarme el billete. A mi padre no le sorprendió demasiado, sabía que iría. Cualquier excusa pequeña me valía para sacar los pies de la isla, ¿cómo no iba a ser aquella una razón más que suficiente? A él no le hacía demasiada gracia que yo me metiera, pero yo tenía que ir.
Cuando aterricé, llevaba en el bolsillo de la chaqueta dos cosas: una foto y una carta con una dirección que había releído veinte mil veces.
Y sí, se dio el milagro. Encontré a la amiga de mi abuela, Marisa, que por suerte nunca se había mudado, y que lloró mucho al conocerme. Me dolió, aunque creo que a ella le consoló, ser yo quien le diera la noticia de que ya no estaba entre nosotros. Y me conto tantas y tantas cosas… tuve que dormir en su casa, porque no paramos de hablar y, además, su hospitalidad no aceptaba otra cosa. Según ella, mi abuela, muy jovencita, se coló en un barco desde La Caleta y acabó a seis mil kilómetros de su hogar. Dejó atrás un disgusto que da miedo en su familia, como era de esperar, pero ella quería darle la vuelta al mundo desde que descubrió un globo terráqueo en la escuela donde había aprendido apenas lo mínimo. Marisa me hablaba sobre una mujer que yo nunca vi. Sobre aventuras y ganas de vivir y de ver mundo, y la necesidad de alejarse del cuarto de medianeros donde había convivido con sus ocho hermanos en la finca de unos ingleses toda su vida.
Pero en el peor momento, mi abuela, que sólo quería libertad, se vio en medio de dos hombres que se peleaban por ella. Y cuando la barriga se le empezó a poner redonda, vete tú a saber si por voluntad propia o forzada, fue su vida la que se vio en juego. Y tuvo que huir, y volver a casa, esta vez con un chiquillo –mi padre– entre manos. Gracias a su madre, mi bisabuela, que había vivido angustiada, rezándole a la virgen por el regreso de su hija, pudo ser aceptada de nuevo en la familia. No imagino cómo tuvo que ser ese viaje en barco de vuelta, ella sola con un recién nacido… De eso, Marisa me dijo, “Tu abuela fue muy valiente al irse, pero lo fue muchísimo más para volverse, mijo”.
Marisa me contó que, por lo que ella leía en las cartas, mi abuela nunca volvió a dejar salir aquellas ganas de vivir que la ayudaron a salirse del tiesto, de ahí que no hubiéramos conocido a la misma mujer. Con los años encontró la calma, y una independencia impropia de su época, gracias a un hombre que la quiso bien y que acogió a su hijo como suyo. Ellas siguieron siendo amigas en la distancia.
También me hizo un regalo inmenso: me puso en las manos la otra mitad de aquella historia, las cartas escritas del puño de mi abuela. En ellas, se dejaba mecer por recuerdos de una tierra muy parecida, casi gemela a la suya, pero que no era en la que había nacido. Donde la humedad y las palmeras se mezclaban con la música de la calle y el cariño y el cuidado en cada palabra. Mi abuela habla en las cartas de cientos de verdes y cielos amarillos que se encontró al llegar a La Habana, que no se parecían a los mil azules y negros de El Puerto. Y hablaba de que ella quería querer quedarse en su tierra, pero había una contradicción constante en su corazón que no la dejaba vivir tranquila. Aquello me removió en lo más hondo. Entendía esa contradicción irresoluble.
Y yo ahora regreso. Regreso a casa, pero con la sensación de que ya estaba en ella. En casa de Marisa me sentí como en mi propio hogar, así que ya no sé si voy o vuelvo. Qué rara es esa sensación, cuando las personas se convierten en hogar. Y pienso en mi abuela, en su tiesura, pero también en su halo protector. Me escalofrío al ver fotos mías en los mismos sitios donde se las sacó ella. Y pienso que no sé si es posible superar el hecho de que encuentres tu lugar en el mundo, y que la vida parezca que te eche de él. El regreso de mi abuela no se compara con el mío, pero creo que en ambos hay algo que dejamos en el camino. No se puede viajar sin cambiar. O tal vez no se deba viajar sin cambiar. De esa forma, al volver, nunca nos estará esperando aquello mismo de lo que huimos.
por Sara López


