Marina se relajaba mirando la silueta de su brazo a contraluz. En aquella abarrotada sala del aeropuerto calmaba sus nervios por el viaje contemplando la suave pelusa sobre su piel. En su dermis dormían sus tatuajes de sol: la sombra del Teide, un pequeño perenquén y una pintadera guanche que lo irradiaba todo. Respira, Marina, se repetía como un mantra, cuando sentía que un gusano se movía dentro de sus tripas; Londres estaba ya al otro lado de la puerta y ella, la primera de su familia que iba a estudiar en el extranjero, sentía el vértigo del cambio. Su periplo comenzaba.
Londres se mostraba como un gigante domesticado. Tan distinta a su isla, tan metálica y hermosa… Si el frío se le metía debajo de la ropa (o de la piel) se acariciaba el brazo con los tatuajes de sol y se serenaba. Respira, Marina. En esos gélidos días le gustaba refugiarse en la biblioteca. En su silencio escuchaba risas y susurros en otro idioma mientras se enfrascaba en la lectura de las poetas victorianas que la habían llevado allí. Aquel era un viaje en el espacio y en el tiempo, una huella que se haría perenne en su memoria.
Hoy, desde su despacho, con algún destello blanco en su negra melena recuerda aquellos años en la ciudad brumosa. Allí nació un amor que aún la acompaña, una incomprendida pasión por el té y un Big Ben de tinta que acompañaría para siempre a sus tatuajes de sol. Aquel regreso fue un capítulo especial en su historia.
A veces, cuando siente un gusano moverse en su tripa, busca su brazo y lo acaricia, el universo entero se encoge en ese instante. Respira, Marina.
por Zoila Díaz


